Descodificación Biológica

Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo

Con esta frase se abre un gran debate filosófico ya que puede dar significados distintos según la interpretación de cada cual. Pero, seguro, que
entre esas circunstancias a las que hacía referencia el pensador José Ortega y Gasset se encuentran las creencias.

¿Cuántas veces al año subimos al desván y abrimos la caja de nuestras creencias para ver las que nos quedan bien y  queremos no sólo conservar
sino ponerlas en un estante principal para tenerlas al alcance en cualquier momento; las que se han quedado un poco estrechas o cortas pero que vale la pena reparar para alargar su uso; y las que, definitivamente, hay que dejar
en el contenedor de lo inservible porque han quedado desfasadas o cada vez que las utilizamos terminamos doloridos?
Esto seguramente lo hacemos cada temporada con nuestras prendas de ropa y calzado porque nos gusta lucir bien arreglados, según el estilo propio, y cómodos para sentirnos bien.

Entonces ¿no será importante revisar como nos hacen lucir nuestras creencias interiormente?
Todos los resultados que vemos en nuestra vida son proyecciones de nuestras creencias. Lo que creemos crea nuestra realidad. Son nuestro marco de referencia formado por pensamientos, ideas, afirmaciones y juicios que determinan nuestra forma de ser en el mundo, el modo en que analizamos las situaciones, a los otros, a nosotros mismos y la forma en que interactuamos con los demás. 

Son un filtro que determina nuestros actos. Se van instalando en nosotros desde la infancia procedentes de distintas fuentes: educación, cultura, figuras parentales, amistades, acontecimientos traumáticos, experiencias repetitivas… Las hay más superficiales o neutras que no afectan a nuestro estado emocional; las hay positivas o potenciadoras que alimentan nuestras capacidades y nos hacen crecer; y las hay limitantes o irracionales que nos entorpecen el camino afectando negativamente a nuestro desarrollo y mantenimiento de nuestro bienestar. Ejemplo de creencia irracional podría ser “no sirvo para nada” o “el mundo es un lugar peligroso”.

Estas creencias irracionales se caracterizan por:

  • Son falsas ya que no hay ninguna evidencia que las sustente.
  • Conducen a emociones inadecuadas como ansiedad o depresión
  • No ayudan a conseguir los objetivos.

Si hay algún resultado en tu vida que no te satisface es porque se sustenta en una creencia disfuncional. Por fortuna, ninguna creencia es invariable y permanente si se trabaja sobre ella. Es un ejercicio que, por lo general, precisa de acompañamiento ya que están tan integradas en nuestro día a día que difícilmente podemos identificarlas con claridad, tomar distancia de ellas y analizarlas. Si sabemos que podemos escoger sobre lo que queremos creer, si sabemos que cambiar la realidad está a nuestro alcance, si nos centramos en las creencias positivas, entonces descubriremos realmente de lo que somos capaces.

La vida es un regalo, disfrútala.